El día que matamos los árboles
Noto que ahora escucho más la radio. También escucho música, claro que sí, pero empiezan a aburrirme las playlist. Puede que sea porque hago muchos kilómetros, y se acaba cansando uno de todo. Eso decía un antiguo amigo conductor de autobuses. Tengo que darle la razón.
Bien.
Escucho mucho la radio. Busco programas de humor pero es imposible esconderse de la actualidad. Y reconozco que la actualidad también me está cansando mucho.
Todo este revuelo sin fin por el cambio climático, las alarmas, las cumbres, los tutoriales de cómo volver a la edad media, de cómo conservar las cosas poniéndoles una tapa, cómo ir a comprar con tus bolsas y tarros para llenarlos con cosas a granel, igual que hacían en la casa de la pradera…
¿En serio tiene que ser todo tan radical? ¿O todo o nada?
Y esto solo es el principio.
Volvía yo conduciendo desde Burgos, disfrutando del bello cielo azul que había dejado la lluvia de la mañana, el sol pintando de ocre los montes ya otoñeados hasta casi el final, en una tarde preciosa.
Y entonces tuve un recuerdo.
Recordé aquella época en la que pasábamos de los ocho años pero no llegábamos a los once.
Cuando jugábamos en la plaza que estaba justo debajo de casa, porque tampoco podíamos alejarnos demasiado de los ojos vigilantes de los mayores.
Esa época donde niños y niñas jugábamos por separado, los chicos normalmente al fútbol. Las chicas, con suerte, a la cuerda o a la goma. Siempre he echado en falta un juego de equipo para las chicas, algo que nos uniera de algún modo, aunque normalmente nos sentábamos aburridas esperando a que los chicos se acercaran.
Pero había veces que se acercaban y jugábamos todos juntos. Jugábamos a correr, pero también a otros juegos primitivos, a veces, casi salvajes. Sin ninguna medida de seguridad, vaya.
Y recuerdo en concreto un día de primavera cercano a la semana santa.
Fue una tarde divertida, una de esas tardes sin normas donde las hormonas pre adolescentes nos hacían saltar y botar sin control.
Uno de los chicos arrancó una rama de uno de los árboles que adornaban la pequeña plaza de cemento que nos acogía.
-¡Domingo de ramos!, ¡se acerca el domingo de ramos!, ¡tenemos que coger los ramos!
Y otro chico arrancó otra rama para atizarse con el primero.
Y de pronto, todos empezamos a arrancar ramas sin control
Creo que ese día acabamos con la vida de varios de los pequeños árboles que nos rodeaban.
Fue una masacre, la verdad. A mí me pareció una barbaridad, pero a esa edad se hacen esa clase de cosas.
Hoy, los jóvenes nos echan la culpa a los adultos de haber acabado con el mundo y he recordado aquella tarde, como una especie de premonición de lo que iba a ocurrir en el futuro.
Sin embargo, cuando pienso en aquello, aparte de lo divertido que fue y de lo mal que nos sentíamos al día siguiente al ver el estropicio, es que de aquellas seis personas, tres ya están muertas.
En lo que se refiere a la plaza, curiosamente, la reformaron hace ya varios años.
Al parecer, causaba muchas humedades y goteras al garaje que había debajo, y la remodelaron completamente.
Hoy es un espantoso bloque de cemento, donde la única zona verde es una especie de moqueta artificial donde cagan los perros.
No hay árboles.
No hay charcos.
Sigue habiendo humedades, eso sí, y todo es mucho más feo.
Puede que sea una especie de alegoría del mundo, y de algún modo, haya que reformarlo también.
O puede que sencillamente, me esté haciendo vieja, y ya todo me recuerda a todo.
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